Descripción arquitectónica
Análisis del programa y de
la solución

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Reuniendo
todos esos elementos programáticos es factible formarse una
idea bastante aproximada del problema a que debió enfrentarse
el arquitecto. La complejidad del programa es evidente. En una sola
estructura debió agrupar funciones muy disímbolas
y lograr un edificio con la característica formal de la unidad.
Unas funciones son educativas, que implican, además, problemas
de vivienda y los servicios propios de ésta, tanto para los
colegiales como para las autoridades escolares. Las segundas son
de índole representativa y relacionadas con la administración
de los intereses gremiales de los mineros: incluyen, además
de las oficinas para cada caso, las respectivas viviendas y servicios.
Están, por último, las funciones relacionadas con
el sostenimiento económico del edificio y de la institución.
Es decir, el Palacio de Minería debió reunir una escuela
con su correspondiente internado, dos casas para miembros representativos
de los mineros y las accesorias rentables. algunas de las cuales
rebasaban la idea tradicional, conocida con el nombre de "taza
y plato".
Tolsá debió manejar estos elementos de tal manera
que cada uno reflejara su carácter, al menos en la espacialidad,
y fuese jerarquizado en consonancia. La mayor parte del volumen
fue destinado al Seminario y sus servicios. Este ocupó parte
de los dos primeros pisos, la mitad más profunda del solar
y la totalidad del tercero o principal. Segunda en importancia volumétrica
es la que podríamos llamar área comercial, por haber
sido destinada al avío de fondos; ocupó la planta
baja y el entresuelo, en dos crujías, una paralela al callejón
de la Condesa y la otra al de Betlemitas. Las partes relacionadas
con el gremio de los mineros ocuparon las dos esquinas del Palacio,
los servicios de ambas viviendas se hallaban en la planta baja y
las piezas propiamente habitacionales se localizaban en el entresuelo.
Aunque, volumétricamente, a cada una le correspondió
una menor importancia comparadas con el resto del conjunto su ubicación,
con entrada por la calle de Tacuba, les confirió una gran
importancia simbólica.
Cada
una de las partes del programa arquitectónico fue resuelta
con distinto carácter, pero sin demérito de la unidad
formal del edificio. Al elemento rector, el Real Seminario, se le
otorgó una gran monumentalidad y en ella se centró
el interés plástico, le sigue en importancia, por
su tratamiento formal, la casa del apoderado de los mineros, con
el profundo zaguán y la escalera, ambos de gran riqueza,
aunque la escala ya no es monumental. Viene en tercer término
la casa del contador, donde ya no existen refinamientos formales
y nos encontramos ante una arquitectura enteramente funcional, desprovista
de motivos ornamentales y de una gran sencillez en el tratamiento
de los diversos elementos que la constituyen. Coinciden con ese
carácter los patios secundarios del Colegio, a las accesorias
no se les dio importancia plástica alguna.
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Advertimos
en estos lugares una concepción formal que semeja un preludio
de la tesis del arquitecto vienés Adolf Loos, quien pasados
alrededor de cien años predicó la muerte del ornamento
arquitectónico. Tolsá, seguramente sin conocer sus
ideas, coincide en esos patios con la violenta desnudez defendida
en ese tiempo en los estudios teóricos de la arquitectura
de Claude-Nicolás Ledoux (1736-1806) y Etienne-louis Boullée
(1728-1799). Es ahí, en los patios que rodean al principal,
donde el arquitecto valenciano manifestó su espíritu
visionario y romántico y respondió a las ideas que
flotaban en el ambiente académico, la arquitectura que ahí
hizo desconcertó incluso a sensibilidades tan agudas como
la de Justino Femández, quien sintiéndose quizá
agredido por la severidad extrema de tales patios no quiso ocuparse
de ellos en su estudio del Palacio de Minería, publicado
en 1951: "...Tolsá tuvo que combinar unos elementos
arquitectónicos monumentales con otros utilitarios y meramente
funcionales... salvó las apariencias de formalidad, grandiosidad
y monumentalidad por medio del patio principal y de las fachadas,
mientras el resto de la construcción fue resuelto libremente,
sin formalismo y ajustándose a las necesidades... El resultado
en cuanto a la parte monumental es grandioso, pero en cuanto al
resto. confuso y sin interés".
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Quizá
sean estos elementos "utilitarios y meramente funcionales",
desnudos de toda ornamentación, donde se encuentre la aportación
más trascendente de la arquitectura de Tolsá, la parte
monumental del Palacio, las fachadas, el pórtico de ingreso,
el patio principal, la escalera, la capilla y el salón de
actos está conformada con gran riqueza plástica y
puede relacionarse con la arquitectura de Ventura Rodríguez,
de quien habrá visto sus obras madrileñas, donde el
racionalismo neoclásico fue atemperado por los recuerdos
del barroco italiano, las partes funcionales del Palacio, por lo
contrario, se encuentran cerca de las tendencias más radicales
de Juan de Villanueva, el arquitecto del ahora Museo del Prado,
a quien también debió conocer en la capital de España.
En la concepción de las partes monumentales, ToIsá
parece tener la vista vuelta hacia el pasado; el futuro es hacia
donde ve en las funcionales. Esto puede deberse a las condiciones
del programa arquitectónico en sus aspectos utilitarios y
económicos. Aunque éste sólo fuera el origen
de tales soluciones formales insólitas en Nueva España,
el hecho es que el arquitecto se hizo eco de las tendencias vanguardistas
de su tiempo.
En
suma, el Palacio de Minería reúne las tendencias predominantes
en la arquitectura española de la epoca. Por un lado se dio
en Tolsá una voluntad de actualidad, anclada, sin embargo,
en las tradiciones italianizantes, filtradas por el tamiz de la
sensibilidad artística hispánica. Por el otro lado,
se dio una postura de vanguardia, preludio de la arquitectura más
autentica del siglo XIX, aquella que utilizó los recursos
industriales y se olvidó de ornamentación escultórica,
de los órdenes clásicos y de las molduraciones asociadas
con ellos.
Romanticismo, por lo demás, hay en los tantas veces mencionados
elementos funcionales. No el romanticismo que buscó las raíces
de las expresiones nacionales y determinó, con el resurgimiento
del arte gótico y de muchos otros, el eclecticismo estilístico
que conformó una de las corrientes más poderosas del
hacer arquitectónico en el siglo pasado y contra la cual
se reaccionó antes de finalizar la centuria. Se trata del
romanticismo visionario, el de la identificación de la pureza
social con el mundo grecorromano, el de la angustia humana ante
el universo inmenso y que busca en él, tanto como en los
abismos del alma y en lo oculto, la razón de la existencia.
No olvidemos que el Siglo de las Luces, progenitor del Romanticismo,
fue el siglo del esoterismo, de la magia y de la francomasonería.
El ocultismo marchó de la mano con las ciencias naturales
y el racionalismo filosófico.
Esos patios de Tolsá en el Palacio de Minería, tan
feos según el gusto más generalizado, son reducciones
de la arquitectura al número y el número es el símbolo
de las relaciones con el universo y en el universo. La abstracción
más completa es la que cuenta en esos lugares adustos. Fundamentar
la arquitectura en el número y despojarla de todo elemento
relacionado con el concepto de ilustración, tal como lo entendió
Bernard Berenson, es una posición esotérica, que habla
sólo a los iniciados en los misterios del número y
sus significados.
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Hay
una circunstancia más para reforzar esta idea. La ubicación
de dichos patios, recóndita, a los que se llega mediante
secuencias angulares de los espacios. No es fácil descubrirlos,
como tampoco lo es encontrar el gran salón usado como laboratorio,
centro primordial de las actividades pedagógicas del conjunto
y verdadero elemento rector de la composición arquitectónica,
a pesar de las apariencias. Una prodigiosa serie de elementos -el
pórtico de ingreso, el patio central, la escalera, el salón
de actos y la capilla- se presenta como el motivo director de la
estructuración espacial, mas solamente es la pantalla que
oculta la esencia temática. Es la minería y su poder
económico la que allí se ofrece a la vista de los
profanos. Tras la magnificencia se hallan el rigor del conocimiento
y la severidad del aprendizaje, a donde sólo llegan los iniciados
y los aprendices. Por eso el ingreso es laberíntico y, por
lo mismo, los elementos constructivos fueron reducidos a su expresión
más original y abstracta, a la mera proporción.
En la vivencia de las formas y los espacios del Palacio, se hacen
presentes Tamino -el heroe de la mozartiana Flauta Mágica-
y tantos otros personajes simbólicos, que deben sufrir grandes
pruebas para llegar a la realización de sus anhelos. En verdad,
el Real Seminario de Minería, en su organización academica
y en su expresión arquitectónica, manifiesta la tradición
iniciática de los gremios que -el de este ramo y en este
lugar- fueron sistematizados al finalizar el siglo XVIII. Los secretos
del oficio, igual que en tiempos anteriores, sólo se develaban
ante los aprendices o colegiales y, estos, debieron pasar por diversas
pruebas para avanzar en el conocimiento de su futura profesión.
Lo que en nuestro tiempo es nada más un trámite, antes
era un paso adelante en la vida del individuo. El arribo a la minería,
por tanto, implicaba el previo sacrificio del aprendizaje; dicho
en terminos de la arquitectura del Palacio; para retornar al gran
patio, a la capilla, al salón de actos y al pórtico,
era menester el trabajo en el laboratorio y en los espacios relacionados
y funcionalmente dependientes de él.
Con fundamento en tales consideraciones es como adquiere un sentido
claro la organización del Palacio y se explica la forma insólita
de algunos elementos particulares y de la disposición general
de las partes.
El patio, por ejemplo, es un ejemplar raro. Queda al margen de la
vida cotidiana del Colegio. Es un espacio cerrado y autónomo
y, a la vez, es de transición, de tránsito. En la
planta baja sólo se abren, en los muros que lo limitan, la
puerta del gran zaguán y otras dos, simétricamente
dispuestas, que serían las de uso más frecuente. Los
muros laterales de dicho espacio están articulados rítmicamente
con recuadros, pero ningún vano se abre en ellos. El cuarto
costado, por el contrario, es del todo abierto y tratado como una
especie de loggia. En el segundo nivel, que corresponde.al piso
principal, también se abren unas cuantas puertas, cinco en
total, que comunican con partes más relacionadas con la administración
del Seminario que con las actividades mismas de éste. De
hecho, el gran patio no existía para quienes vivieron y trabajaron
en el aprendizaje y la enseñanza de la minería; de
ello se puede deducir el carácter meramente ceremonial de
este espacio descubierto. Era el gran escenario en que se desenvolvieron
los fastos académicos, mas no el centro en torno al cual
giraba la vida escolar, la cual tuvo otros centros, independientes
de aquél.
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Extraños
espacios son, así mismo, los dos extensos pasillos que atraviesan
todo el edificio y prácticamente casi no conducen a ninguna
parte. Son demasiado profundos para tan escasa utilidad en cuanto
a la comunicación entre las partes del edificio. Por ello
podrían ser interpretados como una mala solución del
arquitecto que, en este caso, podría ser considerado como
un escultor aficionado a la arquitectura y poco avezado en las soluciones
prácticas para unir un elemento con otro. La interpretación
cambia si se ve en ellos otro elemento simbólico, más
que funcional; allí quedó expresado el largo recorrido,
necesario para llegar al conocimiento. La misteriosa profundidad
de cada uno de estos espacios culmina en la luz que derrama una
ventana oval. Se podría hablar aquí de los túneles
de las minas y de una premonición de los que serían
espacios vitales cotidianos para los futuros mineros. La ubicación
de ambos pasillos es de enorme importancia en el conjunto, pues
tienen la misión de separar los elementos secundarios del
programa arquitectónico de los principales y origen de la
construcción escolar.
Por otro lado, se puede hablar en el Palacio de Minería de
un recuerdo de los pallazzos romanos a la vista del volumen concebido
como un bloque de clara estructura geométrica y con una falta
de sistematización de las plantas. No se observa en éstas,
a primera vista, una organización lógica y coherente,
a tal grado que de ello se derivó, con alguna razón,
la opinión de Justino Fernández, quien habló
de confusión y falta de interés en cuanto a la disposición
geométrica. Sin embargo, dicha disposición obedece
a un sistema modular, no podría ser menos en la obra de un
arquitecto neoclásico, que tiene su origen en el gran cuadrado
del patio principal y, derivado de él, mediando relaciones
armónicas de gran sencillez, se obtuvieron las dimensiones
de todos los espacios. Esto habla de una organización y no
de confusión. En efecto, se trata de un peculiar concepto
compositivo, fundamentado en series de habitaciones perimetrales
a los patios: a todos, menos al principal. Si se considera que el
edificio fue organizado como un conjunto de centros casi autónomos
e independientes, la composición general obtiene una lógica
de la que carece visto sólo en función de una axialidad
central como organizadora de la estructura total.
Es, justamente, esa necesidad programática de lograr mundos
autónomos, aunque relacionados entre sí, la determinante
de las angularidades axiales de los espacios direccionales, que
acabaron por ser el tema más importante del edificio. Combinado
este criterio formal con el simbólico, el misterio de la
iniciación gremial, adquiere una importancia definitiva el
gran salón de los laboratorios. Es entonces también,
cuando se comprende algo que a primera vista no tiene sentido: el
remate de la secuencia zaguán, patio, escalera, sobre el
eje que la organiza, es una puerta que se abre al fondo del espacio
entre las dos rampas de la escalera: la bóveda de la tercera
rampa, con su dirección descendente, acentúa la axialidad
mencionada. Traspasada la puerta, es necesario cruzar dos habitaciones,
mediante un recorrido acodado, para arribar a los laboratorios:
primero se presenta el gran salón de planta cuadrangular,
cuya bóveda se encuentra al nivel del entresuelo e, inmediato,
el otro salón, de iguales dimensiones en planta, pero cuya
bóveda gótica, según Castera, sobresale más
arriba de la altura total del edificio. Este espacio dual, justamente,
es el verdadero pivote, en torno al cual gira toda la composición.
Es el climax final de una secuencia de gran intensidad plástica.
El mudejarismo de la solución, por lo demás, es evidente
al considerar las axialidades quebradas y los cambios de escala
implícitos en el recorrido.
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Coincidente
con las tradiciones islámicas del espacio arquitectónico,
es la solución misma de la escalera monumental. El volumen
espacial donde ésta se desenvuelve es de una estructura geométrica
de gran sencillez; sobre un cubo se colocó una semiesfera,
la desaparecida bóveda construida por Tolsá, origen
de tantos daños estructurales. Aunque el espacio tiene valor
por sí mismo, las pantallas de columnas paralelas, especie
de eco del patio, establecen la relación física y
formal con el elemento que la antecede. Hay allí una definida
voluntad de compartimiento, que se acentúa en la estructura
misma de la escalera, formada por planos inclinados: todos los elementos,
en tanto es posible, son transparentes, para permitir la afluencia
de un espacio en el vecino, pero siempre permanece claro el límite
entre cada uno. Se podría hablar, más que de interpenetración
y concatenación de los espacios, de intersecciones, manifestadas
plásticamente, entre volúmenes espaciales. De hecho
se trata de una interpretación puramente neoclásica
de las concepciones mudéjares de la espacialidad.
La bóveda que originalmente cubrió este espacio era,
como ya se dijo, una semiesfera de enormes dimensiones, bastante
cerrada, como puede inferirse de una litografía de la época.
Participa, al igual que el elemento que cubre, del sentimiento mudéjar
de lo cueviforme y, a la vez, de la predilección por las
formas esféricas manifiesta en la arquitectura de finales
del siglo XVIII. La voluntad formal atectónica presente en
la proyectada casa esférica de Ledoux, por ejemplo, se dio
también en la concepción estructural de Tolsá
para la cubierta de la escalera. La bóveda semi esférica
era un elemento constructivo en sí mismo, pero dejó
de serlo al ser apoyada sobre el etéreo pórtico de
columnas pareadas. El efecto buscado por Tolsá habría
de desaparecer al derrumbarse una cubierta tan débilmente
apoyada.
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Bajo
aquella bóveda celeste artificial, reducción a leyes
geométricas del universo, se desenvuelve una serie de movimientos
dirigidos que conducen al clímax de la secuencia zaguán,
patio, escalera. Lo que comenzó como un eje de simetría
se disuelve en dos ejes paralelos al arrancar las rampas de la escalera;
los obligados cambios direccionales tienen la misión de recuperar
el eje perdido, ahora a otra altura sobre el suelo y con otro rumbo
que apunta, precisamente hacia el cielo, hacia la bóveda
natural que parece sustentarse sobre los pórticos del gran
patio.
El pallazzo romano del siglo XVI y el Hotel francés del XVII
se organizaron sobre un eje de simetría que puede ser interpretado
como el camino que lleva del mundo civil al lugar privado y, de
éste, a la naturaleza. La secuencia, en otros términos,
va del espacio urbano al espacio arquitectónico y al jardín.
En el Palacio de Minería se encuentra una secuencia similar,
aunque la solución diversa le otorga otro significado. El
camino parte, obviamente del mundo civil, para ingresar en el privado
y, tras los misteriosos espacios transicionales, se llega al mundo
del trabajo y del estudio; en la misma estructuración se
da un caso más, en que la secuencia es mundo civil, mundo
particular, bóveda celeste o universo. De aquí, mediante
quiebres en el recorrido, se llega a los espacios de las ceremonias:
el salón de actos y la capilla.
Junto con esta organización del espacio que concilia las
tradiciones mudéjares, inevitables para los arquitectos mexicanos
y españoles, con la voluntad formal del neoclasicismo de
orden y rigor geométrico, se lograron tratamientos formales
característicos de la arquitectura correspondiente a los
finales del siglo XVIII, en especial la imaginada o la construida
por los arquitectos visionarios franceses. El recurso de la antítesis
formal quedó ya expuesto en las consideraciones sobre el
partido y la organización espacial de éste. En cuanto
al tratamiento de las superficies. Tolsá utilizó recursos
formales comunes a los arquitectos de su tiempo. En particular se
encuentran en el Palacio los medios de la reverberación,
presentación del mismo motivo con dimensiones diversas, de
la duplicación, o repetición de un motivo sin que
se alteren la forma o las dimensiones, y el del contraste en el
tratamiento de las texturas.
El contraste es por demás evidente, pues prácticamente
no hay una superficie próxima a otra, donde no se hayan utilizado
diversos procedimientos para el acabado de los materiales y la concepción
de las formas vecinas. Las entrecalles del basamento de la fachada
se relacionan con los recuadros que articulan el segundo cuerpo
y con las pilastras pareadas que lo hacen en el tercero. Por su
parte, en el patio, las entrecalles sirven como fondo a las medias
muestras del primer cuerpo del patio principal y contrastan con
los recuadros que articulan los muros que limitan los claustros.
Contraste hay en la solución formal del patio principal y
las correspondientes a los interiores del Colegio. La reverberación
se da en el tratamiento de los recuadros presentes en la fachada,
tanto en el entresuelo como en el piso principal y después
en los claustros y en la escalera. Los resaltes de los primeros
cuerpos de las portadas que afectan sólo a los dos primeros
pisos, los encontramos también en el patio, donde cada dos
medias muestras sostienen el entablamento que vuela sobre el espacio.
Las columnas jónicas, siempre pareadas, habremos de encontrarlas
en la fachada, en el patio y en la escalera. El motivo de los copones
de forma alterna que coronan las balaustradas se encuentra tanto
en el exterior del edificio como en el interior. Mediante la repetición,
la reverberación y el contraste. Tolsá pudo imprimir
a su edificio una extraordinaria unidad formal, a pesar de la diversidad
de los requerimientos programáticos y de las dimensiones
que, por razones de orden funcional, debió dar a cada elemento.
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En
cuanto al volumen exterior del Palacio de Minería, es necesario
mencionar su parentesco con las soluciones de los palacios italianos
y su continuidad de las tradiciones virreinales. La vida se desenvuelve
en el interior y no interesa la comunicación con el mundo
exterior, a no ser mediante los elementos imprescindibles para el
ingreso y para la iluminación y ventilación de los
locales. En gran medida, esto determinó que las fachadas
sean elementos simbólicos que no tienen correspondencia orgánica
con los espacios internos y sus jerarquías correspondientes.
El carácter macizo de las fachadas fue rica y rigurosamente
articulado, con mayor fuerza en la que ve hacia el norte, la principal,
que en las dos laterales, orientadas hacia el oriente y el poniente.
Tolsá comprendió bien, no en vano era escultor, las
condiciones lumínicas de los elementos por él concebidos;
la pobreza luminosa fue compensada con volúmenes de amplio
desarrollo, colocados ante planos profusamente articulados.
Organizada la fachada principal sobre un eje de simetría,
cuenta además, con dos ejes secundarios donde también
resaltan las portadas laterales, de menor jerarquía formal,
pero de igual vigor volumétrico, que permiten el ingreso
a las casas del apoderado de los mineros y del contador. Tres accidentes
de la superficie, en consecuencia, otorgan riqueza plástica
al rostro del edificio. Sobre la continuidad rítmica determinada
por la sucesión invariable de balcones se conforma un ritmo
más amplio, establecido por las tres portadas, con un decidido
acento sobre el eje central. Es éste el único lugar
donde la superficie se interrumpe para penetrar en el volumen con
el gran pórtico de ingreso de doble altura; además,
más arriba del piso principal. Tolsá colocó
un enorme frontón triangular que se presenta como la intersección
con el prisma del observatorio que corona la composición.
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La
voluntad de evitar la relación orgánica de las fachadas
con el interior se manifiesta en la decidida continuidad de los
ritmos y las proporciones de ellos, determinados por los vanos.
Sin embargo, hay tratamientos plásticos que, en alguna medida,
denuncian las funciones interiores. El basamento, de igual altura
que el entresuelo, presenta un tratamiento superficial de entrecalles
que tienen la misión de acentuar la horizontalidad del volumen
total. Se abren en este primer cuerpo, además de las portadas.
las puertas y ventanas de las accesorias; aquéllas con sencillos
encuadramientos moldurados y éstas sin marco alguno. La monotonía
rítmica resultante, sobre todo en las fachadas laterales,
se altera por la presencia, en cada una, de una ventana ovalada,
coincidente con los dos grandes pasillos que, en el interior, conforman
el eje transversal más importante del edificio. El segundo
cuerpo de las fachadas presenta un ritmo uniforme, sólo alterado
por los remates de las portadas laterales y los arcos del zaguán.
La articulación de las superficies se enriqueció con
unos recuadros situados entre cada balcón. Este segundo cuerpo
remata con una cornisa de vuelo mucho más decidido que el
de la que separa al entresuelo del basamento. El piso principal,
por su parte, es de mayor altura que cada uno de los inferiores.
La continuidad ritmica de las superficies se altera en la parte
correspondiente a la portada central por un juego de paños
resaltados y rehundidos, de cierta complejidad, que resulta de la
introducción de pilastras y capiteles, éstos a la
altura de los cerramientos de los balcones, bajo el gran frontón,
desplantado éste sobre la cornisa con que termina el tercer
cuerpo de las fachadas. Otra vez se encuentran aquí los recursos
formales ya mencionados, en particular la repetición y la
reverberación.
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Al
considerar el volumen exterior del edificio resalta una circunstancia
que no puede ser pasada por alto. El Palacio de Minería es
un edificio laico; de los primeros que con carácter público
se construyeron en Nueva España. El carácter civil
quedó manifiesto en la ausencia absoluta de motivos religiosos,
aunque fuesen insinuados. La ornamentación es de índole
enteramente arquitectónica, lo cual no deja de ser curioso
dada la profesión de Tolsá, no hubo lugar para la
escultórica. En otro colegio laico, el de las Vizcaínas,
construido poco antes, se observa una notable disminución
de la escultura asociada a la arquitectura; pero, aunque presente
después de los excesos barrocos, toda ella es de carácter
religioso. Si en las Vizcaínas la capilla es el elemento
más destacado del conjunto por su ubicación y por
el tratamiento de la portada, en Minería ese mismo elemento
es uno más, al que sólo le correspondió un
lugar destacado dentro del edificio, mas sin manifestación
exterior alguna, ni siquiera en el tratamiento de los vanos que
facilitan el ingreso a ella.
Que en el Palacio de Minería el espacio religioso haya adquirido
un lugar y volumen subordinado a las demás actividades del
edificio expresa, muy a las claras, que han cambiado las circunstancias
culturales y la religión se entiende como parte de la existencia,
mas no como el eje que la gobierna. Cuando se terminó la
construcción del Palacio, hacía tiempo que se había
iniciado la Guerra de Independencia.
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