Manuel Tolsá
Obra arquitectónica

1. Palacio de Minería
El
Palacio de Minería es la obra arquitectónica más
singular y de mayor empeño de Tolsá, proyectada en
1797, concluida tras algunas interrupciones en 1811 y encargado
por el Real Seminario de Minas. Para este proyecto Tolsá
levantó un vasto y monumental palacio, en donde destacan
con carácter protagonista las fachadas y el espléndido
patio con su gran escalera imperial al fondo. No vamos a insistir
en las objeciones que se han hecho a este edificio en la relativo
a sus aspectos constructivos, a la escasa vertebración compositiva
o a la ausencia de planeamiento en general de los diferentes espacios
del Colegio de Minería, objeciones que cabrían encuadrarlas
en la limitada experiencia de Tolsá como arquitecto proyectista
y director de obra.
Interesa fijar nuestra atención en las preocupaciones compositivas
que afloran en las fachadas, en el patio y en la escalera. Tolsá
compuso con un vocabulario de vertiente clásica las amplias
fachadas de tres cuerpos, con llagado en el piso bajo, huecos o
recuadros relevados en el entresuelo y dobles pilastras flanqueando
los balcones en el piso principal, tras el cual remata una airosa
balaustrada. Este último cuerpo, como también el del
patio y la caja de la escalera están articulados con el característico
orden jónico de Scamozzi divulgado por Sebastián Le
Clerc -con volutas angulares y abultadas guirnaldas que cuelgan,
rectas, de las mismas-, orden que, junto al pulcro y vigoroso modelado
de jarrones, balaustres o ménsulas-triglifos, contribuye
a dar al edificio la reconocida impronta clasicista francesa.
Sin
embargo, es en la portada principal y en las laterales donde se
aprecian mejor las fuentes, procedentes del barroco romano, que
nutrían a Tolsá. Así, en la fachada principal,
de dos cuerpos rematados por frontón triangular y elevado
torreón cúbico a modo de ático, Tolsá
invirtió la función acostumbrada, desde una lógica
clásica, entre muros y órdenes. Fragmentó la
planitud del muro estableciendo superficies proyectantes en cuyos
oscuros resquicios entalló columnas vibrantes de luz. Las
portadas laterales están resueltas con una voluntad plástica
similar, anteponiendo dos potentes columnas dóricas con pesado
entablamento, que albergan un recercado que se proyecta aislado
del muro. Tolsá volvió a aplicar este mismo sistema
con una fuerza plástica mayor, si cabe, en el Salón
de Actos del Palacio de Minería.
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No
es preciso insistir en el origen de este modo compositivo, claramente
miguelangelesco, que llega a constituir uno de los fundamentos de
la arquitectura del barroco romano. En España, dentro de
las diversas alternativas que se producen en la arquitectura cortesana
y académica de la mitad del siglo XVIII, algunas obras, debidas
en su mayoría a arquitectos italianos (Sacchetti, Sabatini)
o influidos por lo italiano (Ventura Rodríguez), se hicieron
eco, si bien, de una forma parcial y por lo general episódica
de este modo compositivo. Sin embargo, nos interesa llamar la atención
sobre el uso -forzado en este caso- de este recurso en el ornato
de la casa de la Academia de San Fernando, realizado con motivo
de la solemnización de la entrada de Carlos en Madrid, en
el año 1789, ornato que Tolsá conoció directamente
y del que además existía constancia gráfica
en el libro que se publicó sobre el mismo. A mayor abundamiento,
este ornato tuvo un carácter emblemático puesto que
se encomendó a la Junta de Comisión de Arquitectura
de la academia y, en particular, a su director, el arquitecto Pedro
Arnal.
Para poder asentar el orden
de columnas colosales dispuestas en el piso principal y, al mismo
tiempo, respetar la portada de la fachada original de la academia,
Arnal recreció el piso bajo de la fachada dándole
aproximadamente un metro de espesor, el cual al llegar a la portada
original se rehundió plásticamente y en curvo para
no incurrir -como comentaba José Moreno, advirtiendo las
dificultades de esta obra- "en el desliz de ocultar el ornato
verdadero con el aparente". Ahora bien, lo que en los arquitectos
citados constituía un rasgo subsumido en criterios compositivos
más complejos o, en el caso del ornato de Arnal, venía
a ser un recurso excepcional que participaba de la categoría
de lo efímero, en Tolsá, y más concretamente
en la fachada y Salón de Actos del Palacio de Minería,
se erige como auténtico leifmotiv. Salta a la vista el refinamiento
y la exaltación de este rasgo de impronta miguelangelesca,
cuyo uso va más allá de una mera analogía de
estilo. No deja de ser una paradoja que la categoría de lo
efímero, con su ausencia de problemas estructurales, que
para muchos críticos ilustrados había estado en la
base de la decadencia de la arquitectura hispana del siglo XVII,
volviese a determinar decisivamente este particular hecho arquitectónico
asociado a lo académico. De la fortuna de este recurso en
el medio académico de Nueva España, sin duda determinado
por el precedente de Tolsá, dan buena cuenta las dos portadas
de la Iglesia de Jesús y María de México, del
año 1804, durante bastante tiempo atribuidas -no sin fundamento
estilístico- a Tolsá y que, sin embargo, hoy sabemos
fueron proyectadas por Antonio González Velázquez,
director de la sección de arquitectura de la Academia de
San Carlos.
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En
el patio dispuesto junto a la escalera, como eje principal del edificio,
volvemos a encontrar una similar estructuración en claroscuro
de las arcadas. Resueltas según la tradición renacentista,
evocan la articulación de la fachada del antiguo palacio
Caprini en Roma de Bramante, con arcos de aparejo rústico
en el primer piso y elegantes columnas binadas en el superior, pero
Tolsá yuxtapone, en el primer cuerpo, secuencias rítmicas
de columnas con tramos de entablamento y balaustrada, antepuestas
de forma libre y atectónica sobre las arcadas, con una actitud
libérrima, que no deja de recordar la de su antiguo maestro
Puchol, en el interior de la valenciana capilla conventual de San
Vicente Ferrer.
Exponente de esta actitud
es también la galería del segundo cuerpo, en donde
Tolsá combina con refinado estilismo trozos de arquitrabe,
frisos modelados con leve arqueo y cornisa rectilínea -como
si se tratara de una serliana de arco dilatado al máximo
y de vanos extremos contraidos-, forzando así como una correspondencia
óptica con las arcadas del piso inferior. Es difícil
especular sobre los prototipos concretos de este friso de base curva
dispuesto como transición entre la estructura arqueada del
primer piso y la arquitrabada del superior. De indudable impronta
manierista, tiene posiblemente cultos antecedentes en aislados recursos
palladianos o también en motivos miguelangelescos retornados
por Borromini en diversas composiciones menores, todos ellos caracterizados
por forzar incurvaciones en elementos arquitrabados. Aunque, a su
vez, es posible que esté relacionado con criterios compositivos
más flexibles, propios de un ambiente artístico escasamente
condicionado por lo que podemos entender como una gran arquitectura.
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Dada
la peculiaridad y, que sepamos, singularidad del motivo, al menos
conformado con ese protagonismo en una galería, cabe mencionar
-por la semejanza compositiva que presentan ambos- las galerías
de la Plaza de Toros de Ronda (Málaga), construidas en 1784
por José Martín de Aldehuela, en orden toscano y con
un tratamiento muy similar, aunque sin el realce clasicista que
se observa en el Palacio de Minería. En este sentido, lo
más probable es que ambas composiciones sean resultados independientes,
obtenidos a partir de motivos comunes. En la Plaza de Toros de Ronda
este recurso venía justificado por la traducción a
piedra y con un léxico clasicista de los característicos
arquillos de madera rebajados, que debían permitir la máxima
visibilidad de la arena. En el Palacio de Minería, sin embargo,
esta composición parece participar exclusivamente de la extremada
versatilidad en el empleo del vocabulario arquitectónico
que caracteriza la obra de Tolsá, de su indiscutible talento
para monumentalizar detalles léxicos secundarios en tipos
arquitectónicos ya establecidos, de su marcada proclividad...
En definitiva, por "la invención graciosa y arreglada"
a la que se refería José Moreno cuando destacaba los
objetivos de los ornatos palaciegos del año 1789.
Queda hablar de la escalera
imperial a la que el patio sirve de antesala, dándole énfasis
escénico. En la composición de esta escalera se ha
querido ver una evocación de la escalera del valenciano Palacio
de la Aduana, construido entre 1758 y 1764, aproximadamente. A partir
del conocimiento que poseemos de los planos originales del Palacio
de la Aduana hay que descartar la hipotética comparación
entre ambas escaleras, puesto que la existente en la actualidad
-realizada con toda probabilidad en toro a 1920, cuando se acondicionó
la Aduana como palacio de Justicia- poco o nada tiene que ver con
la que aparece en los planos de 1762 de Felipe Rubio. En este sentido,
la escalera imperial del Palacio de Minería en el contexto
de las españolas de su tiempo es -en palabras de Angulo-
"uno de los últimos y principales eslabones de tan valiosa
cadena". Pero, si tuviéramos que buscar ascendientes
artísticos de origen valenciano a esta escalera o a otras
partes del palacio mexicano, habría que descender a ciertos
recursos menores, casi detalles decorativos que perseveran -de una
forma un tanto desconcertante por su arcaísmo- en la obra
de Tolsá.
Muchos
de estos encuentran su razón de ser en la tradición
artística valenciana de la primera mitad del siglo XVIII,
proclive a las composiciones oblicuas de ornatos y detalles arquitectónicos
que divulgaron, fundamentalmente entre escultores y tallistas, los
tratados de Caramuel, primero, y de Tosca después. Así,
en la escalera del Palacio de Minería comprobamos este modo
oblicuo en los balaustres de la escalera, dispuestos según
la declinación de la escalera y no en la huella de los peldaños,
en los remates de bolas ovoides trazados con idénticos criterios,
o también, ya fuera de la escalera, en las portadas laterales
con arcos rebajados del vestíbulo del palacio, donde diversas
ménsulas cuelgan caprichosamente del segmento curvo, adoptando
una artificiosa oblicuidad.
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Estos
y otros detalles, unidos a la predominante preocupación por
dotar a la gramática estructural y compositiva de la arquitectura
una apariencia de vigor clásico, sin asomo de abigarramiento
decorativo, pero pleno de tensión y plasticidad, por medios
no siempre arquitectónicos, son los que delatan -en sus primeras
obras- la inicial formación valenciana de Tolsá en
el adorno. Una formación que filtrada por la realidad del
academicismo artístico ilustrado valenciano, más tarde
madrileño y por último mexicano, en el que Tolsá
se integró plenamente, da como resultado una obra de gran
ambigüedad estilística e imprevistos recursos, clasificable
en ese periodo que, a caballo entre el barroco de vertiente nacional
y el neoclasicismo, comprende buena parte de la segunda mitad del
siglo XVIII. Aunque también se podría decir de Tolsá,
para concluir ya, que fue a la vista de su versátil trayectoria
artística y académica en Nueva España, el último
artista español exponente de un peculiar y arraigado modo
de acceder, concebir y ejercer la arquitectura desde la experiencia
en otras artes figurativas, modo que el academicismo ilustrado español,
buscando una concepción más autónoma de la
disciplina arquitectónica y advirtiendo, sin duda, una relación
de causalidad, rectificó casi al mismo tiempo que negaba
el fenómeno barroco como expresión artística.
Texto
tomado del artículo "Manuel Tolsá en la Arquitectura
Española de su tiempo" de Joaquín Berchez, del
libro Tolsá, Gimeno, Fabregat. Trayectoría artística
en España. Siglo XVII. Publicado por la Generalitat
Valenciana.
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